Hoy la práctica es sencilla pero poderosa.
Vas a escribir una carta.
Puede ser corta. Puede ser larga. Lo que importa no es la extensión sino la honestidad.
La carta es para ti mismo.
Específicamente para esa parte de ti que todavía cree que cometió algo imperdonable. Esa parte que sigue cargando una deuda que nadie más recuerda pero que tú no puedes soltar. Esa voz interna que cada cierto tiempo aparece a recordarte lo que hiciste, lo que dijiste, lo que no fuiste capaz de dar o de ser.
Esa parte merece escuchar la verdad hoy.
Toma tu cuaderno o una hoja en blanco. Busca un lugar tranquilo. Y empieza con estas palabras:
Querido corazón...
Y desde ahí, dile lo que el Espíritu Santo te diría.
No lo que el ego diría. No la lista de justi caciones ni el argumento de por qué en realidad no fue
tan grave. Tampoco la condena renovada de por qué sí lo fue.
Lo que el Espíritu Santo diría.
Que no hay nada que pagar. Que el Amor nunca se retiró. Que lo que ocurrió ocurrió en la ilusión
y no tiene poder sobre lo que realmente eres. Que la culpa que cargaste todo este tiempo no era la
verdad, solo era una historia que la mente eligió creer. Que tu inocencia no está en debate. Que
estás, ahora mismo, eternamente en estado de gracia.
No tienes que creerlo completamente mientras lo escribes. No tienes que sentir que es verdad de
inmediato. Solo escríbelo. Con la mayor honestidad y ternura que puedas.
Déjalo ser una semilla.
Las semillas no orecen el día que las siembras. Pero orecen.
Cuando termines, lee la carta en voz alta. No en tu cabeza. En voz alta, aunque te sientas raro
haciéndolo. Porque hay algo en escuchar tu propia voz decirte la verdad que llega diferente. Más
profundo. Más real.Y al terminar de leerla, di:
La expiación ya fue dada. No tengo nada que pagar.
Soy libre para recordar quién soy.
Guarda la carta. No la tires. Hay días difíciles en este camino en los que vas a necesitar releerla.